Son los seres vivos más viejos del planeta, pero también los más indefensos. Los árboles singulares, esos especímenes de colosales proporciones, testigos de excepción de hechos históricos o símbolos en sí mismos, están desprotegidos. Una simple hacha, una cerilla o un pequeño escarabajo pueden acabar con ellos.
Se calcula que en España son más de 3.000, aunque no se sabe con exactitud. A mediados del siglo XIX los ingleses ya habían catalogado los ejemplares más soberbios de su país. En el nuestro lo estamos haciendo ahora. Y si no los conocemos, mucho más difícil es protegerlos. Algunas regiones han distinguido a los mejores como monumentos naturales y la mayoría cuenta con catálogos, pero son muy pocas las que disponen de un equipo de expertos que periódicamente controle su estado y se encargue de su cuidado. Como se hace normalmente con el patrimonio artístico.
El ciprés de Silos, por poner un ejemplo, es probablemente uno de los árboles más famosos del mundo, cantado por cien poetas y mil veces fotografiado. Pues bien, carece de una protección específica, y es el abad del monasterio el que, por iniciativa propia, debe trepar todos los años por él para quitarle las ramas secas o retirarle el exceso de nieve.
Y en Canarias, el cuidado del popular drago de Icod de los Vinos es competencia municipal. Otros, como la legendaria olma de Rascafría (Madrid), refugio del Tuerto Pirón, han muerto ante la indiferencia de la mayoría, y su cadáver se ha retirado como quien quita un trasto inútil.
Una sugerencia: aprovechen la llegada del otoño para visitar alguno de estos venerables ancianos. Abracen su tronco y sientan fluir su energía. Llevan siglos esperando nuestro cariño.
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