Mélodi está feliz. Su único cachorro tiene ya seis meses y acaba de cazar el primer conejo. Cuando llegue el invierno se independizará de su madre y saldrá de los límites del Parque Nacional de Doñana en busca de un territorio propio. Una peligrosa aventura.
Mélodi y su cría son dos de los escasos 200 linces ibéricos que sobreviven, el felino en mayor peligro de extinción del mundo, junto con el tigre de Bengala. Hace 15 años eran 1.200, repartidos por todo el suroeste peninsular, pero las epidemias diezmaron al conejo, su casi exclusiva fuente de alimentación, y con ellos a este bello gato salvaje de orejas puntiagudas.
De seguir la tendencia actual, en diez años pueden haberse extinguido. Tan sólo quedan dos poblaciones aisladas, la del entorno marismeño y la de las sierras jiennenses de Andújar, ambas en Andalucía. Las dos extremadamente frágiles y con muchos problemas de conservación.
Su hábitat natural, el matorral mediterráneo, está en retroceso, de tal manera que un incendio forestal en uno de sus últimos reductos puede significar el final de esta joya de la naturaleza.
Pero es que además los seguimos matando. El pasado 2 de septiembre, un coche atropellaba un bello ejemplar en una pista cercana a El Rocío, imprudentemente asfaltada para aumentar la velocidad de los vehículos que por allí circulan. Y en mayo pasado moría otro por idénticas causas en el norte de Huelva, éste con el cuerpo lleno de perdigones de un tiroteo al que había sobrevivido milagrosamente meses atrás.
Sin embargo, nos queda una esperanza. Aunque tarde, administraciones, empresas, científicos y ecologistas han puesto en marcha un ambicioso plan de emergencia para intentar salvarlo. También se están consiguiendo los primeros éxitos en su difícil cría en cautividad. Es la última oportunidad que le queda. ¿Habremos llegado a tiempo?
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