Por San Blas, la cigüeña verás. Pero la fiesta del abogado de los males de garganta es el 3 de febrero, y el pasado 27 de noviembre Carlos González ya la veía llegar a tres nidos de Alba de Tormes (Salamanca), justo cuando más invernal se había puesto el otoño. Y es que esta migradora ave cada vez pasa menos tiempo en África.
Otras muchas incluso han renunciado definitivamente a los 8.000 kilómetros de tan peligroso viaje de ida y vuelta, para una estancia en Malí o en el río Níger de apenas tres meses, huyendo de la sequía estival peninsular, y no del frío como popularmente se piensa. Los arrozales y las marismas andaluces, cada vez más repletos de cangrejos americanos y carpas, junto con nuestros bien surtidos vertederos, están trastocando su instinto. Así, no es de extrañar que este octubre, la verdadera época biológica de invernada para la especie, Paco Chiclana y otros miembros del grupo SEO-Sevilla censaran un gigantesco bando de 7.000 cigüeñas en Isla Menor. O el millar de blanquinegras zancudas afincado en el basurero de Mérida, aprovechando la comida que nosotros tiramos. En total, más de 15.000 aves no sólo españolas, también francesas y alemanas.
Un incremento espectacular. Y el cambio no parece haberles sentado nada mal, a juzgar por el incremento de su población en España, de las 6.753 parejas de 1984 a las 22.000 actuales.
Querida por todos, símbolo de fecundidad y de buenas noticias, ya están aquí un año más, en sus torres y campanarios, ajenas al ruido de las campanas «porque no hacen caso de badajos», según reza el dicho castellano, realizando esos «garabatos en el aire» que tanto encandilaron al poeta Antonio Machado.
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