Cannelle, la última hembra de oso pardo del Pirineo, murió el pasado 1 de noviembre en el valle de Aspe (Francia). La población queda ahora reducida a tan sólo dos machos puros y ocho ejemplares más de procedencia eslovena, herederos de un poco exitoso proyecto francés de reintroducción, entre ellos la cría de 10 meses de Cannelle, de padre balcánico y con escasas posibilidades de supervivencia.
Tras 20 años esquivando escopetas, lazos y venenos, la osa murió por el disparo a bocajarro de un cazador. Punto y final. Se acabaron los osos pirenaicos, mientras que los cantábricos, el otro núcleo español con apenas 80 ejemplares, sobreviven malamente.
Llega ahora el momento de las lamentaciones, de las acusaciones y de las promesas, para que pasadas unas semanas todo siga igual.
Ocurrió con el bucardo pirenaico en 2000, al morir la última hembra de esta subespecie de cabra montés. Ya hablaremos de clonaciones y otras fantasías, cuando durante más de un siglo hemos asistido, día a día, a la extinción de ambos animales sin hacer nada. No como los americanos. Cuando en 1986 vieron que tan sólo les quedaban una pareja de cóndor de California y menos de 30 ejemplares en libertad, reconocieron que su extinción era sólo cuestión de tiempo. Tomaron así la polémica decisión de capturar toda la población silvestre para criarla en cautividad. Tras muchos millones de dólares invertidos, 20 años después, hay más de 200 cóndores, muchos de ellos criados en libertad.
Sólo en aves, en España hay 15 especies en peligro crítico, la mayoría por pérdida del hábitat. Su recuperación es difícil, aunque no imposible. Las lamentaciones posteriores no sirven para nada.
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