Escribo estas líneas desde el paraíso. Estoy en Santa Pola, en el sur de Alicante, muy cerca de las salinas donde la intensa luz de este maravilloso Mediterráneo invernal resalta un paraje singular como pocos. Es el reino de las aves acuáticas, de los rosados flamencos y los vocingleros tarros blancos, de las gaviotas picofinas y los cormoranes.
Hoy estoy contento. Acabo de ver una especie nueva para mí, la garceta grande, una gran garza blanca que hasta hace unos años sólo se veía en sitios tan lejanos como la desembocadura del Danubio. Y no estaba sola. Había siete, algo absolutamente excepcional en España.
Si cierro los ojos, el aire me trae todavía recuerdos salobres del cercano mar, pitidos de avocetas y archibebes. Pero si los abro y miro a mi alrededor, el paisaje no es el esperado. Una carretera general parte la salina por medio y casi todo el perímetro lagunar está rodeado de gigantescas urbanizaciones. En el cercano marjal del Clot de Galvany, una valla metálica separa a malvasías y calamones de los chalés. Y entre la desembocadura del río Segura y los pinares de las dunas de Guardamar se alzan decenas de rascacielos en construcción.
¿Qué está pasando? Estamos convirtiendo nuestros espacios naturales en cárceles de flora y fauna. Amenazada, sí, pero amenazada por nuestra avasalladora voracidad urbanística. Tan sólo en los últimos diez años, la superficie construida ha aumentado un 50% en una región donde desde hace 40 no se para de urbanizar a ritmo vertiginoso y donde la población crece cuatro veces más despacio. Son muy fuertes las presiones para enladrillar nuestra costa y muy débiles los colectivos que intentan impedirlo.
¿Resultado? Paraísos urbanizados.
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