No buscan ni el sol ni la playa, sino comida abundante lejos de la nieve. Porque a juzgar por el gélido viento polar que estos días barre las lagunas de Villafáfila, las diferencias térmicas entre los fiordos noruegos y las estepas zamoranas son más bien escasas.
Para confirmarlo aquí está el TVS, un gran macho de ánsar común cuyas tres letras exhibe orgulloso en su flamante collar azul, recientemente observado por Juan Antonio Casado. Gracias al trabajo de los ornitólogos, quienes les colocan estas marcas para poder descubrir sus movimientos, sabemos que el pájaro nació en Smöla (Noruega) en 1999 y que todos los inviernos visita puntualmente estos fríos mares de interior en compañía de otros 20.000 colegas provenientes de Escandinavia, Alemania, Polonia y Holanda. Junto a los 33.000 de las lagunas palentinas de La Nava y Boada, donde no hace mucho más calor, casi acaparan la mitad de la población invernante de estas ruidosas aves en España. La otra parte sigue en su tradicional feudo, éste sí de sol y playa, en las marismas del Guadalquivir y Doñana.
Los expertos todavía no han descubierto la razón de tan reciente mudanza al norte, iniciada en 1979 y probablemente achacable al cambio climático.
Pero aquí están, recorriendo nuestra geografía entre octubre y febrero en sus típicos bandos en uve, que quizá podamos descubrir alguna noche cruzando por encima de monumentos iluminados, como la catedral de Burgos o la madrileña de la Almudena.
No son los únicos visitantes alados. Se calcula que cada año pasan el invierno en España un millón y medio de aves acuáticas europeas, la mayoría, patos y gaviotas.
Nuestro país sigue siendo su principal destino turístico.
Nuestra responsabilidad, su conservación.
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